El Presidente Sebastián Piñera se impuso en 13 de las 15 regiones de Chile con 54,51% de los votos

El Presidente Sebastián Piñera se impuso en 13 de las 15 regiones a Alejandro Guillier: en diez lo superó por más de cinco puntos.

Así se observa en los resultados del Servel que le concede el 54,51% de las preferencias al candidato de Chile Vamos, que inclusive venció a Guilleren en Antofagasta (su ciudad natal). Alejandro Guiller solo ganó en Aysén y Magallanes, obtuvo el 45,49%.

Resultados por regiones

 

Fuente: en base a datos del Servel (con 99,63% de mesas escrutadas)

La elección de Sebastián Piñera como presidente de Chile para el período 2018-2022 refleja una buena dosis de continuidad y al mismo tiempo contiene elementos de cambio a corto, mediano y largo plazo. La continuidad está determinada no solo por la reelección de Piñera, quien ya fue presidente (2010-2014), sino porque entre 2006 y 2022, Chile solo habrá estado gobernado por dos presidentes (Michelle Bachelet, 2006-2010 y 2014-2018, y Piñera, 2010-2014 y 2018-2022). Cada uno es miembro de una de las dos coaliciones que han alcanzado el poder y que se han sucedido en la presidencia desde 1990.

Cambios a la derecha y a la izquierda

Los resultados de la primera y segunda rondas también transmiten importantes signos de cambio dentro de esa continuidad y ubican el sistema político chileno, como se forjó en los años 80 y 90, al final de una época.

El centro-derecha (Chile Vamos) ha ganado, pero esta coalición se ha vuelto mucho más heterogénea de lo que históricamente fue la alianza formada por UDI y Renovación Nacional. La victoria de Piñera se ha basado en su capacidad para superar el fracaso de la primera ronda, donde obtuvo un poco más del 36 por ciento de los votos (aspiraba a alcanzar el 50 por ciento). En la segunda ronda, Piñera ganó el apoyo de la extrema derecha (liderado por José Antonio Kast, quien ganó casi el 8% el 19 de noviembre) y de las nuevas fuerzas emergentes: la derecha liberal de Felipe Kast, el líder de Evópoli y la Derecho popular de Manuel José Ossandón. La nueva administración de Piñera no podrá alejarse de la aparición de aquellos nuevos líderes que aspiran a retomar el legado de Piñera en 2021-22.

Si el centro-derecha se dedica a provocar cambios en su dinámica interna, el amplio sector que va desde el centro-izquierda (fuerzas de apoyo a la Concertación) a la izquierda radical (el Frente Amplio), ahora está obligado a reinventarse. Fuerza de Mayoría (la antigua Concertación y la antigua Nueva Mayoría) ha sufrido un duro golpe tanto en la primera ronda (con la peor votación de un partido en ejercicio desde 1989) como en la segunda ronda, donde terminó muy por detrás de Piñera (nueve puntos: 54.5 por ciento contra 45.4 por ciento).

La histórica coalición de Concertación corre el riesgo de desaparecer debido a una triple crisis: de liderazgo (Alejandro Guillier no ha sido un candidato muy atractivo y ha demostrado poca capacidad estratégica); de identidad (ha perdido votos a su derecha, por primera vez la alianza histórica entre los socialistas y los demócratas cristianos se derrumbó) ya su izquierda con el ascenso del Frente Amplio); y de proyecto. Ha tratado de defender, con poca convicción, posiciones que son muy difíciles de conciliar, defendiendo el reformismo de la Concertación de 1990-2010; el proyecto de cambio que representa más de una ruptura promovida por la Presidenta Bachelet en su segundo mandato; y promete reformas más disruptivas hacia el futuro, con el objetivo de atraer el respaldo del Frente Amplio. Es posible que las elecciones de 2017 hayan enterrado un experimento que surgió para enfrentar al régimen de Augusto Pinochet y que disfrutó de la hegemonía durante dos décadas.

La victoria de Piñera, por un margen mucho mayor que el sugerido por las encuestas de opinión una vez más erróneas, se debió a varias circunstancias. Primero, 300,000 votantes más votaron en la segunda ronda, y no solo la izquierda se movilizó, como se especuló. Piñera ganó muchos más votos que en la primera ronda porque obtuvo el apoyo de una parte de la derecha que no votó el 19 de noviembre, confiando en las encuestas (que pronosticaron una gran victoria para Chile Vamos, que en última instancia no fue así). En la segunda vuelta, la votación motivada por el temor de un giro a la izquierda (o al gobierno de centro-izquierda de Guillier, muy dependiente del apoyo del Frente Amplio) ha movilizado el centro-derecha y la derecha abstencionista.

En segundo lugar, el reacio apoyo brindado por el Frente Amplio a Alejandro Guillier no ha ayudado a movilizar el voto decisivo de la izquierda (que representó el 20% de los que votaron en la primera ronda por Beatriz Sánchez, la candidata del Frente Amplio). Para capturar ese voto, el voto de los demócratas cristianos y el voto de aquellos que optaron por Marco Enríquez-Ominami, Guillier transformó la segunda ronda en un plebiscito sobre su rival y trató de reunir el llamado “voto por el mal menor”. , “De los que rechazaron a Piñera (representado desde la izquierda como un empresario millonario que respalda las reformas” neoliberales “). El Frente Amplio terminó concediendo, aunque de mala gana, su vergonzoso apoyo. Buscando compensar ese apoyo insuficiente, Guillier intentó darle un giro a su propuesta hacia la izquierda, pero ese esfuerzo no fue suficiente, y el cambio entre los primeros y segundos finalistas de la primera ronda no sucedió en la segunda vuelta (solo como no sucedió en las elecciones de desempate anteriores en 1999, 2005, 2009 o 2013).

¿Qué representa la victoria de Piñera a escala latinoamericana?

Desde la perspectiva regional de América Latina, la victoria de Piñera en las elecciones chilenas consolida el cambio en la coyuntura política que la región ha experimentado desde que los candidatos de centro-derecha comenzaron a ganar en 2015 (Macri y Kuczynski). Si el centro-derecha tiene más victorias en Colombia, México y Brasil a lo largo de 2018, estos resultados harían que ese cambio en la coyuntura política se transforme claramente en un cambio de tendencia y ciclo político a escala regional.

La victoria de Piñera, como fue el caso con Macri, implica la más que probable implementación en Chile de reformas estructurales (pro-mercado) para sacar al país de su débil crecimiento actual, reformas liberales que no serán fáciles de llevar a cabo: Primero, porque se encontrarán con mucha resistencia. Y segundo porque el gobierno de Piñera, como el de Macri, enfrentará un Congreso más fragmentado en el que el nuevo partido en el poder, Chile Vamos, está muy lejos de tener una mayoría absoluta y 11 escaños por debajo de la mayoría absoluta. Además, no será fácil encontrar apoyo en la izquierda moderada (Fuerza de Mayoría) o en la izquierda radical del Frente Amplio, por lo que su espacio de maniobra se reduce a los demócratas cristianos, cuyos legisladores están a la izquierda de este partido.

Finalmente, la victoria de Piñera refuerza los procesos de integración regional, ya que facilita la convergencia y la construcción de puentes entre la Alianza del Pacífico (dependiendo de lo que suceda en las elecciones en México y Colombia y lo que depara el futuro para Pedro Pablo Kuczynski) y Mercosur. Donde Macri defiende una relación más estrecha con la Alianza (que también está esperando para ver qué sucede en las elecciones en Brasil).

Conclusiones

Las elecciones presidenciales de 2017 en Chile marcan un punto de inflexión en la historia del país, ya que representan elecciones que marcaron el “final de una época”. El golpe sufrido por Fuerza de Mayoría obliga a la coalición de centro-izquierda a reinventarse después de perder los votos para está a la izquierda y experimenta un divorcio, lo que parece que puede llegar a ser definitivo, con su centro (por primera vez, los demócratas cristianos entraron a las elecciones presidenciales fuera de la coalición). El centro-derecha se propone rediseñarse si desea sobrevivir y no encontrarse inmerso en un proceso de decadencia, como el que experimentó la política a la antigua en la Concertación.

Además, el heterogéneo Frente Amplio tiene cuatro años por delante para construir cohesión interna (más de 10 fuerzas conforman esta coalición) y superar su techo electoral para convertirse en una alternativa real para el gobierno. Ese 20 por ciento ha llegado para quedarse y no es un voto volátil como el que apoyó a Marco Enríquez-Ominami en 2009. La expansión del Frente Amplio requiere apelar al voto del centro-izquierda, por lo que esta coalición debería abandonar su Rechazo innato de todo lo que huele a la Concertación, que sería su aliado lógico para llegar al palacio presidencial.

En general, la clase política tiene ante sí el desafío de reconectarse con una sociedad que no confía en sus instituciones políticas (el Congreso, los partidos y los políticos en general) y cuya abstención ha sido superior al 50% en las elecciones de primera ronda y de segunda vuelta. Y eso requiere no solo dar un impulso a las políticas públicas que resuelven los problemas más palpables para la sociedad (pobreza, desigualdad, servicios públicos deficientes en salud, educación, transporte y seguridad), sino también hacer que la acción política sea más transparente en respuesta a la sombra de corrupción.

Finalmente, y a diferencia de lo que ha sucedido en Honduras, estas elecciones han puesto de relieve la fortaleza del marco institucional de Chile. El funcionamiento profesional de sus instituciones electorales estaba en plena exhibición: menos de dos horas después del cierre de las urnas, la autoridad electoral ya había contabilizado el 95% de los votos y había transmitido los resultados.

Además, se siguió una vez más la tradición republicana: una llamada telefónica de la Presidenta Bachelet a Piñera para comenzar la transición; y esa llamada telefónica fue precedida por el reconocimiento de Guillier de su derrota.